lunes, 10 de diciembre de 2012

Textos de Julián Marías


Julián Marías

Julián Marías
Julián Marías Aguilera, filósofo, sociólogo y ensayista, nació Valladolid el 17 de junio de 1914, pero a los cinco años se trasladó con su familia a Madrid, donde cursó estudios de bachillerato y universitarios. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Complutense, donde tuvo como profesores a Zubiri y a José Ortega y Gasset, de quien fue discípulo y amigo.
Ortega y Marías se conocieron en 1932. El discípulo fue el gran continuador e impulsor de la obra del maestro, cuya idea de "razón vital" actualizó y amplió. Marías fue, asimismo, un gran estudioso de Unamuno.
Publicó sus primeros trabajos en 1934, en la célebre revista Cruz y Raya. Tras la Guerra Civil (encarcelado durante tres meses por una falsa acusación, fue liberado en agosto de 1939), tuvo dificultades para publicar sus artículos; además, se le impidió trabajar como profesor de Filosofía y Letras. En 1941 pudo publicar su primera obra: Historia de la Filosofía, en la Revista de Occidente; después vinieron La filosofía del padre Gratry,Miguel de Unamuno, varias traducciones de clásicos y la antología El tema del hombre.
A principios de los 50, y tras ser "vetado" para acceder a la cátedra que Ortega dejó vacante, Marías imparte cursos como profesor invitado en las universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico.
En octubre de 1964 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española. Ocuparía el sillón "S", que dejó vacante Wenceslao Fernández Florez. El 20 de junio de 1965 leyó su discurso de ingreso: 'La realidad histórica y social del uso lingüístico'. Marías fue miembro de otras instituciones de prestigio, como la Hispanic Society of American (Nueva York), el Institut International de Philosophie (de la International Society for the History of Idees) y el Councilof Scholars (de la Biblioteca del Congreso de Washington).
El 15 de junio de 1977 fue nombrado senador real por Don Juan Carlos. Tres años más tarde, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) le concedió la recién creada Cátedra José Ortega y Gasset de Filosofía Española. En diciembre de 1982 fue nombrado miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, creado por el Papa Juan Pablo II el 20 de mayo de 1982. Marías fue el primer intelectual en lengua castellana designado miembro de esta institución.
A finales de los años 80 dio a la imprenta los tres volúmenes que conforman sus memorias. Entre sus más de 50 obras se cuentan Historia de la filosofía, Ortega y la idea de la razón vitalEl existencialismo en EspañaLa España real, La devolución de EspañaEl oficio del pensamientoJusticia social y otras injusticiasProblemas del CristianismoSer español.
Por lo que hace a los galardones con que fue distinguido, cabe mencionar el Premio Fastenrath de la Academia Española (1947), el Godó de Periodismo (1976), el León Felipe de Artículos Periodísticos (1978), el Bravo de la Conferencia Episcopal (1988), la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid (1997) y el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1996).
Sus obras han sido traducidas al inglés, al alemán, al portugués, al holandés y al griego.
Casado desde 1941 con Dolores Franco Manera, de quien enviudó en 1977, fue padre de cuatro hijos: Miguel, Fernando, Javier y Álvaro.

En conoZe.com hay 376 documentos de Julián Marías.


Tomado de conoZe.com



Los grados de la humildad y del orgullo

SAN BERNARDO



















sigue la cuarta parte de este tratado, tomada del Blog Textos Monásticos:

SOBERBIA Y HUMILDAD        Parte 4
TRATADO SOBRE LOS GRADOS DE HUMILDAD Y SOBERBIA
San Bernardo de Claraval
DEL VI AL VIII
 
               2. La humildad podría definirse así: es una virtud que incita al hombre a menospreciarse ante la clara luz de su propio conocimiento. Esta definición es adecuada para quienes se han decidido a progresar en el fondo del corazón. Avanzan de virtud en virtud, de grado en grado, hasta llegar a la cima de la humildad. Allí, en actitud contemplativa, como en Sión, se embelesan en la verdad; porque se dice que el legislador dará su bendición. El que promulgó la ley, dará también la bendición; el que ha exigido la humildad, llevará a la verdad.
                 ¿Quién es este legislador? Es el Señor amable y recto que ha promulgado su ley para los que pierden el camino. Se descaminan todos lo que abandonan la verdad. Y ¿van a quedar desamparados por un Señor tan amable? No. Precisamente es a estos a los que el Señor amable y recto, ofrece como ley el camino de la humildad. De esta forma podrán volver al conocimiento de la verdad. Les brinda la ocasión de reconquistar la salvación, porque es amable. Pero, ¡atención!, sin menoscabar la disciplina de la ley, porque es recto. Es amable, porque no se resigna a que se pierdan; es recto, porque no se le pasa el castigo merecido.
  II. 3. Esta ley, que nos orienta hacia la verdad, la promulgó San Benito en doce grados. Y como los diez mandamientos de la ley y de la doble circuncisión, que en total suman doce, se llega a Cristo, subidos estos doce grados se alcanza la verdad.
                El mismo hecho de la aparición del Señor en lo más alto de aquella rampa que, como tipo de la humildad, se le presentó a Jacob, ¿no indica acaso que el conocimiento de la humildad se sitúa en lo alto de la humanidad? El Señor es la verdad, que no puede engañarse ni engañar. Desde lo más alto de la rampa estaba mirando a los hijos de los hombres para ver si había algún sensato que buscase a Dios. Y ¿no te parece a ti que el Señor, conocedor de todos los suyos, desde lo alto está clamoreando a los que le buscan: Venid a mí todos los que me deseáis y saciaos de mis frutos; y también: Venid a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro?
                 Venid, dice. ¿A donde? A mí, la verdad. ¿Por donde? Por la humildad. ¿Provecho? Yo os daré respiro. ¿Qué respiro promete la verdad al que sube, y lo otorga al que llega? ¿La caridad, quizá? Sí, pues según San Benito, una vez subidos todos los grados de la humildad, se llega en seguida a la caridad. La caridad es un alimento dulce y agradable que reanima a los cansados, robustece a los débiles, alegra a los tristes y hace soportable el yugo y ligera la carga de la verdad.
4. La caridad es un manjar excelente. Es el plato principal en la mesa del rey Salomón. Exhala el aroma de las distintas virtudes, semejante a la fragancia de las especias más sorprendentes. Sacia a los hambrientos, alegra a los comensales. Con ella se sirven también la paz, la paciencia, la bondad, la entereza de ánimo, el gozo en el Espíritu Santo y todos los demás frutos y virtudes que tienen por raíz la verdad o la sabiduría.
                La humildad tiene también sus complementos en esta misma mesa. El pan del dolor y el vino de la compunción es lo primero que la verdad ofrece a los incipientes, y les dice: Los que coméis el pan del dolor, levantaos después de haberos sentado.
                 Tampoco a la contemplación le falta el sólido alimento de la sabiduría, amasado con flor de harina, y el vino que alimenta el corazón del hombre; con él, la verdad obsequia a los perfectos, y les dice: Comed, amigos míos, bebed y embriagaos, canísimos. La caridad, nos dice, es el plato principal de las hijas de Jerusalén; Las almas imperfectas, por ser todavía incapaces de digerir aquel sólido manjar, tienen que alimentarse de leche en vez de pan, y de aceite en lugar de vino. Y con toda razón se sirve hacia la mitad del banquete, pues su suavidad no aprovecha a los incipientes, que viven en el temor; ni es suficiente a los perfectos, que gustan la intensa dulzura de la contemplación.
                   Los incipientes, mientras no se curen de las malas pasiones de los deleites carnales con la purga amarga del temor, no pueden experimentar la dulzura de la leche. Los perfectos ya han sido destetados; ahora, eufóricos se alegran de comer ese otro manjar, anticipo de la gloria. Solo aprovecha a los que están en el centro, a los proficientes, quienes ya han experimentado su agradable paladar en algunos sorbos. Y se quedan contentos sin más, por causa de su tierna edad. 
  5. El primer plato es, pues, la humildad, una purga amarga. Luego el plato de la caridad, todo un consuelo apetitoso. Sigue el de la contemplación, el plato fuerte. ¡Pobre de mí! ¿Hasta cuándo, Señor, vas a estar siempre enojado contra tu siervo que te suplica? ¿Hasta cuándo me vas a estar alimentando con el pan del llanto y ofreciéndome como bebida las lágrimas a tragos? ¡Quién me invitará a comer de aquel último plato, o al menos del sabroso manjar de la caridad, que se sirve a mitad del banquete! Los justos los comen en presencia de Dios rebosando de alegría. Entonces ya no pediría a Dios con la amargura del alma: ¡No me condenes! Todo lo contrario, al celebrar el convite con los asimos de la pureza y de la verdad, cantaría alegre en los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
               Bueno es, por tanto, el camino de la humildad; en él se busca la verdad, se encuentra la caridad y se comparten los frutos de la sabiduría. El fin de la ley es Cristo; y la perfección de la humildad, el conocimiento de la verdad. Cristo, cuando vino al mundo, trajo la gracia. La verdad, cuando se revela, ofrece la caridad. Pero siempre se manifiesta a los humildes. Por ello, la gracia se da a los humildes.
                III. 6. En cuanto me ha sido posible, acabo de exponer el fruto que nos aguarda al final de la subida a través de de todos los grados de humildad. Ahora, si me es posible, voy a referirme al orden con que estos grados nos orientan hacia el premio tan apetecible de la verdad.       
 
EN QUÉ ORDEN SE LOGRA EL FIN PROPUESTO
 
              Como el conocimiento de la verdad tiene  a su vez grados, voy a tratar de explicarlos brevemente. Así se verá con mayor claridad a qué grado de verdad corresponde el decimosegundo grado de humildad. Buscamos la verdad en nosotros, en el prójimo y en sí misma. En nosotros, por la autocrítica; en el prójimo, por la compasión en sus desgracias; y en sí misma, por la contemplación de un corazón puro.
            Te he indicadlo el número de los grados; ahora observa su orden. En primer lugar quisiera que la misma verdad te enseñara por qué debe buscarse antes en los prójimos que en sí misma. Después entenderás por qué debes buscarla en ti antes que en el prójimo. Al predicar las bienaventuranzas, el Señor antepuso los misericordiosos a los limpios de corazón. Y es que los misericordiosos descubren en seguida la verdad en sus prójimos. Proyectan hacia ellos sus afectos, y se adaptan de tal manera, que sienten como propios los bienes y los males de los demás. Con los enfermos, enferman; se abrazan con los que sufren escándalos; se alegran con los que están alegres, y lloran con los que lloran. Purificados ya en lo íntimo de sus corazones con esta misma caridad fraterna, se deleitan en contemplar la verdad en sí misma, por cuyo amor sufren las desgracias de los demás.
                 En cambio, los que no sintonizan así con sus hermanos, sino que ofenden a los que lloran, menosprecian a los que se alegran, o no sienten en sí mismos lo que hay en los demás, por no sintonizar con sus sentimientos, jamás podrán descubrir en sus prójimos la verdad.
                 A todos estos, les viene bien aquel dicho tan conocido: “Ni el sano siente lo que siente el enfermo, ni el harto lo que siente el hambriento”. El enfermo y el hambriento son los que mejor se compadecen de los enfermos y los hambrientos, porque lo viven, la verdad pura, únicamente la comprende el corazón puro; y nadie siente tan al vivo la miseria del hermano como el corazón que asume su propia miseria. Para que sientas tu propio corazón de miseria en la miseria de tu hermano, necesitas conocer primero tu propia miseria. Así podrás vivir en ti sus problemas, y se te despertarán iniciativas de ayuda fraterna. Este fue el programa de acción de nuestro Salvador; quiso sufrir para saber compadecerse; se hizo miserable para aprender a tener misericordia. Y así como se ha escrito de él: Aprendió por sus padecimientos la obediencia, también supo lo que era la misericordia. No quiere decir que Aquel cuya misericordia es eterna ignorara la práctica de la misericordia, sino que aprendió en el tiempo por la experiencia lo que sabía desde la eternidad por su naturaleza.